La turbulencia política en Perú no da tregua. José Jerí, quien apenas llevaba cuatro meses y una semana al frente de la presidencia del país, fue destituido ayer por el Congreso peruano tras un juicio político relámpago en el que se acumularon y votaron en conjunto siete cargos en su contra. La decisión, que sorprendió a propios y extraños por su velocidad, vuelve a colocar a Perú en el centro del debate regional sobre gobernabilidad y estabilidad institucional.
El escenario resulta familiar para los peruanos, quienes en los últimos años han visto desfilar a múltiples mandatarios sin que ninguno logre completar su período constitucional. La pregunta que resuena con fuerza no solo en Lima, sino en los mercados internacionales, es clara: ¿cómo logra mantenerse a flote la economía de un país que acumula crisis políticas como si fueran rutina?
Un juicio político a toda velocidad
El proceso contra Jerí se caracterizó por su rapidez inusitada. Los siete cargos acumulados fueron votados en bloque por el Congreso, una maniobra legislativa que generó cuestionamientos tanto dentro como fuera de Perú. Críticos del procedimiento señalaron que la acumulación de cargos y la votación conjunta podrían vulnerar garantías fundamentales del debido proceso.
Sin embargo, los promotores de la destitución argumentaron que la gravedad de las acusaciones justificaba la celeridad del procedimiento. Con esta decisión, Perú suma un nuevo capítulo a su historial de inestabilidad presidencial, un fenómeno que se ha intensificado dramáticamente en la última década.
Las elecciones de abril, que estaban llamadas a ser una oportunidad para reencauzar la institucionalidad democrática, ahora se perfilan como un escenario de mayor incertidumbre, con nuevos actores políticos que deberán lidiar con un electorado profundamente desencantado.
La paradoja económica peruana: crecimiento sin estabilidad política
Uno de los fenómenos más estudiados por economistas y analistas internacionales es la aparente resiliencia de la economía peruana frente a sus constantes sacudones políticos. Mientras el palacio de gobierno funciona como una puerta giratoria de presidentes, los indicadores macroeconómicos del país andino han mostrado una solidez que desafía la lógica convencional.
La clave de esta paradoja reside en varios factores estructurales. El Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) ha mantenido históricamente una política monetaria independiente y técnicamente sólida, blindada en buena medida de las turbulencias del Ejecutivo. Además, el marco regulatorio para la inversión extranjera y el sector minero —motor fundamental de la economía peruana— ha permanecido relativamente estable a pesar de los cambios en la cúpula del poder.
No obstante, los expertos advierten que esta resiliencia tiene límites. Cada nueva crisis política erosiona la confianza de los inversionistas a largo plazo y posterga reformas estructurales urgentes en educación, salud, infraestructura y digitalización que el país necesita para dar el salto hacia una economía de mayor valor agregado.
El costo oculto de la inestabilidad
Si bien los números macroeconómicos pueden lucir aceptables en el corto plazo, el verdadero costo de la inestabilidad política se mide en oportunidades perdidas. Proyectos de infraestructura tecnológica, programas de transformación digital del Estado y políticas de innovación quedan sistemáticamente relegados cuando cada gobierno apenas tiene tiempo de instalarse antes de ser removido.
Perú, que cuenta con un enorme potencial en sectores como la minería sostenible, las energías renovables, la agroindustria tecnificada y el desarrollo de talento digital, ve cómo estas oportunidades se diluyen en medio del ruido político constante. La inversión en ciencia y tecnología, que en economías comparables de la región ha crecido sostenidamente, en Perú enfrenta la parálisis que genera la falta de continuidad en las políticas públicas.
La economía peruana ha demostrado ser más fuerte que su política, pero ningún país puede prosperar indefinidamente sin instituciones estables que impulsen una visión de desarrollo a largo plazo.
¿Qué viene después de las elecciones de abril?
Con las elecciones de abril en el horizonte, Perú se prepara para recibir a un nuevo mandatario que heredará no solo los desafíos económicos estructurales, sino también una ciudadanía agotada y escéptica. Las encuestas reflejan niveles históricos de desconfianza hacia la clase política, lo que plantea un reto mayúsculo para quien aspire a gobernar con legitimidad.
El próximo presidente deberá enfrentar la tarea titánica de reconstruir la confianza institucional mientras impulsa una agenda de modernización que permita al país aprovechar las oportunidades de la economía global. Sectores como la tecnología, la transición energética y la economía digital ofrecen caminos prometedores, pero requieren estabilidad y visión estratégica para ser transitados con éxito.
La comunidad internacional observa con atención. Perú sigue siendo una de las economías más relevantes de América Latina, y su capacidad para superar esta crisis tendrá implicaciones regionales significativas. La resiliencia económica que ha mostrado hasta ahora es admirable, pero el país necesita urgentemente traducir esa fortaleza macroeconómica en progreso tangible para sus ciudadanos.
La destitución de José Jerí no es solo un evento político más: es una señal de alerta sobre los límites de un modelo donde la economía avanza a pesar del Estado, y no gracias a él. El futuro de Perú dependerá de su capacidad para construir instituciones que estén a la altura de su potencial económico y del talento de su gente.